miércoles, 29 de enero de 2014

Aventuras que ocurren en las playas

Creo que fue Sandokán el primer libro de aventuras que leí, donde en una playa ocultaban un tesoro y luego otros piratas se lo robaron, como el carro del amigo Manolo, pero en plan monedas de oro. A partir de ahí me hice el carnet de la biblioteca pública del barrio, y prácticamente me leí todos los libros y novelas de aventuras que tenían. Con el paso del tiempo y dado que no siempre volvían a estar pronto disponibles los libros de aventura que ya había leído, pues obviamente los prestaban a otros lectores como yo, decidí ir ahorrando para hacerme mi propia colección de libros.

Colección que comencé con Robinson Crusoe, y al leerlo me planteé el de mayor, ser propietario de una isla, pero una isla de las de verdad, no una ínsula como la de Sancho Panza, barataria creo recordar que se llamaba. Y soñaba con la de cosas que iba a hacer en mi isla, aunque luego alguien me dijo que sólo podría llevarme tres cosas a la isla, y eso me dejó un tiempo pensativo, tratando de elegir no qué llevar a la isla, sino que dejar. Al final me decidí por llevarme un jarrón con un genio dentro, al que le pudiera pedir como primer deseo, que me concediera todos los deseos que yo quisiera pedir. El problema era, cómo conseguir ese jarrón o lámpara maravillosa, pues según que libros leyera, era una cosa distinta donde se guardaban los genios. Incluso en mi inocencia, fuí a la drogería del barrio a comprarme una. Por aquella época, en la droguería vendían prácticamente de todo.

Ya de adolescente y ante mi intuición de que nunca sería propietario de una isla, me conformaba con extender la toalla sobre una roca que había y aún hoy hay en la playa, pensando que al menos en ese momento, esa era mi isla. Hoy y ya mucho más reflexivo, me conformo con la lectura de los libros de aventuras de editoriales como Ediciones Albores, que si bien no tienen una colección específica de libros sobre playas, si que muchas de sus aventuras transcurren en al menos una de ellas.

Si el que no se consuela... ¡es porque no quiere!

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